las cosas que uno ve

Curiosos descubrimientos

En otras noticias masculinas, el otro día conocí a un grupo de fotógrafos de producto. Lo interesante de esta historia es cómo los conocí:

Resulta que me encontraba en Costco, la tienda de abarrotes a donde voy a hacer mis compras regularmente, hacerme de provisiones y comprar el rutinario six-pack de cervezas y una caja de vino para hacer mi comida.

Pues resulta que en este lugar que les menciono llevo a revelar mis fotos. ¿Si se acuerdan que las fotos se pueden imprimir? Bueno, pues eso fue lo que fui a hacer para regalárselas a mi mamá en un marco que le compré con forma de cubo.

El punto más importante de esto es que mientras me encontraba ahí parado esperando por mis fotos, comienzo a ver todas las impresiones que comienzan a salir de la máquina de revelado (aunque comienzo a preguntarme si todavía se les puede llamar así, ya que no revelan negativos, sólo imprimen imágenes). En un momento me pierdo entre las constantes impresiones que pasan a rápida velocidad, entro en un estado meditativo donde ya no sé qué estoy viendo sino el vacío.

Mientras me encuentro contemplando la nada observo que entre el hilo de fotos de vacaciones, borracheras y familias abrazándose aparece la figura de una chica desnuda. No me quedaba duda de lo que acababa de ver, aún así no podía darle crédito a mis ojos. “¿Qué hacía una chica desnuda entre todas esas fotos!” pensé. Mientras continuaba decidiendo si estaba loco o no, otra chica apareció, esta vez con menos ropa que la anterior. ¿Podría ser que tanta pornografía ya estaba afectando mi inconsiente?

Mi idea que estaba loco se disipó cuando continúe observando y más y más chicas continuaron emergiendo de la impresora, con lo que quedé muy tranquilo y ligeramente excitado.

Al final de un tiempo, el río de chicas en paños menores fue bajando hasta que al fin, desapareció entre un tumulto de fotografías de gente mucho más vestida y mucho menos agraciada.

Pese a que estaba satisfecho de haber estado en el momento correcto a la hora correcta, me quedé preguntándome sobre a quién podían pertenecerle esas fotografías. Un proxeneta debió haberlas tomado o quizá un tratante de blancas. No lo sabía, pero estaba dispuesto a averiguarlo.

Así que esperé durante unos minutos, tal vez una hora después de haber observado a la chica tomar las fotos de la fila de espera para ponerlas en un sobre blanco.

Esperé pacientemente, tratando de no perderle la pista a la carta que contenía tan preciadas imágenes. De repente, observé que la chica tomó el sobre que estaba vigilando y lo llevó hacia el otro lado del mostrador; caminó hasta un sujeto de gorra y gafas oscuras que lo hacían ver demasiado sospechoso.

Tomo el sobre, entregó su recibo y salió por la puerta. Naturalmente lo seguí, mi tiempo es demasiado valioso como para dejar que el sujeto huyera sin saber nada de él. Lo seguí con cautela al estacionamiento donde abordó una camioneta que tenía pegado un sticker con la leyenda miproductodigital.com.

Así fue como me di cuenta que él era un fotógrafo de producto y así también fue como me di cuenta que a eso quería dedicarme el resto de mi vida.